12 de enero de 2010

Metáfora

Fuente: Elementos para una enciclopedia del psicoanálisis El aporte Freudiano
Pierre Kaufmann: (1916-1995)

La metáfora y la metonimia son definidas clásicamente como «figuras de retórica» que modifican el sentido de las palabras: ellas «animan», «adornan el discurso», como si por otra parte existiera la palabra justa. Las cuestiones que suscitan en los textos más antiguos (por ejemplo en Aristóteles) recubren las concernientes al origen: la cuestión de la lengua, la del ser hablante en la lengua y la del uso poético en relación con el mito.
Los tratados de poética, incluso los más antiguos, siempre hacen referencia a la metáfora:
Aristóteles, para quien el objeto de la poética es «imitar por medios diferentes», «imitar cosas diferentes», o incluso «imitar de una manera diferente» (Poética), define la metáfora como el «transporte a una cosa de un nombre que designa otra, transporte del género a la especie o de la especie al género, o de la especie a la especie, siguiendo una relación de analogía». «La metáfora -escribe- es lo único que uno no puede tomarle a otro, y es un indicio de dones naturales, pues hacer bien las metáforas es percibir bien las semejanzas.» Aristóteles subraya ya entonces un rasgo esencial, la singularidad del sujeto. Para Max Müller y sus contemporáneos, cuya obra es algo anterior a la de Freud, la estratificación de la palabra está constituida por tres fases: la temática -formación de una gramática primitiva (las ideas más necesarias para todas las lenguas del mundo)-; la dialectal -que define el sistema gramatical en su forma definitiva-, y la mitopoética -que abarca los primeros rudimentos de poesía y religión. Esta última fase comprende la idea de la temporalidad; hay una alteración del sentido primitivo de las palabras y se produce su oscurecimiento «por las potencias míticas». Los dioses «crecen y la lengua comienza a hablar más de Io que dice» (Leçons et nouvelles leçons sur la science du langage, 1861-1864).
Las nociones de condensación y desplazamiento, retomadas por Lacan desde el ángulo de la metáfora y la metonimia, no son homogéneas en los trabajos de Freud. En las Conferencias de introducción al psicoanálisis, los elementos de lo manifiesto están sobredeterminados por series de asociaciones de pensamientos latentes, cuyas ideas, sin embargo, no están necesariamente ligadas entre sí. En La interpretación de los sueños, en cambio, la condensación unifica elementos latentes que tienen rasgos comunes; los representará un solo elemento manifiesto. En El chiste y su relación con lo inconsciente, Freud describe la condensación como una formación compuesta en la que el sentido surge del sin-sentido: el célebre ejemplo de «famillionario», que se descompone en «familiar» y «millonario». Lacan retomará esta fórmula para elevar la noción de metáfora al nivel de un concepto fundamental para designar la relación del sujeto castrado y sexuado con el lenguaje: «la metáfora se ubica en el punto preciso donde se produce el sentido en el sin-sentido» (Escritos); «la chispa poética se produce entre el significante del nombre propio de un hombre y el que realiza metafóricamente su abolición». Lo que es abolido no vuelve a surgir nunca, se manifiesta por lo que ocupa su lugar. En otras palabras, el nombre propio en tanto que tal apela al lenguaje.
Lacan introducirá las primeras referencias a las operaciones metafórico-metonímicas en Las psicosis, a propósito del delirio del presidente Schreber: el delirio -dice- se produce de tal manera que poco a poco hay «preminencia del juego significante, cada vez más vaciado de significación». La carencia del significante paterno engendrará una metáfora que no se estructura con la metonimia. Así, el Otro es vaciado de su función simbólica y ya no funciona del mismo modo que en la neurosis.
Lacan tiene argumentos para promulgar la metáfora paterna como prototipo de la metáfora. Se concibe entonces que la metáfora paterna replantee la cuestión del origen. El lenguaje se fundará en esta inscripción iniciadora: es una producción en la cual el sujeto no será exactamente el agente, sino el efecto; el sujeto ya no podrá comunicar con el lenguaje sino en el lenguaje.
En este punto la metonimia desempeñará también su papel preponderante, en el sentido de que el objeto del deseo sólo podrá ser el objeto causa del deseo, y en ningún caso un objeto absoluto cualquiera. Si existiera el objeto absoluto, la metáfora se encargaría de actualizarlo. El eje metonímico es el del deseo propiamente dicho, en el que el sentido se sitúa con respecto a la letra. El sentido se encuentra inscrito en esa metáfora fundadora, inscripción de la cual el sujeto emergerá como sujeto hablante. En síntesis, hay que entender por esto, si se quisiera plantear arbitrariamente una noción de temporalidad, que la metáfora paterna, su estructura y su sentido preceden a la estructura y al sentido de toda metáfora realizada lingüísticamente. Ella da al sujeto su acceso a lo simbólico, al romper su sujeción a la madre y conferirle al mismo tiempo el estatuto de sujeto deseante. Por esto, precisará Lacan, a semejanza de las definiciones clásicas de la metáfora, no hay tampoco comparación, sino identificación (Las psicosis); ningún sujeto escapa a la metáfora paterna; no hay reductibilidad al sentido. De modo que, para Lacan, la noción de metáfora está ante todo sostenida por una coherencia posicional, pues «el lenguaje es ya metalenguaje en su registro propio». Es «la expresión misma» de la posición del sujeto hablante con respecto al inconsciente. Lacan irá mucho más lejos, e instituirá en esta lógica una metáfora del sujeto: sólo hay lenguaje, no hay significante para decir el ser. «Es por la ley por lo que la enunciación no se reducirá jamás al enunciado de ningún discurso» (Escritos).
Desde un punto de vista estrictamente lingüístico, a continuación de los trabajos de los lingüistas Saussure, Benveniste y especialmente Jakobson, Lacan mostrará que las formaciones del inconsciente se manifiestan según una estructura formal. El discurso está orientado según dos ejes espacio-temporales: el eje paradigmático, eje de la selección, eje del léxico, del tesoro de la lengua, de la sustitución y de la sincronía, eje de la metáfora, y el eje sintagmático, eje de la combinación, de la contigüidad y de la diacronía, eje de la metonimia. Las operaciones metafórico-metonímicas darán cuenta de la extensión de la metáfora paterna a la alienación del sujeto en el campo del Otro: la falta abierta por la carencia del Otro (¿qué me quiere?) va a recubrir la falta del sujeto, instituyendo la dialéctica del deseo. Así, si el Otro es el lugar donde ello habla, allí se encontrará anudada la dimensión fundamental de la verdad. Esto llevará a decir a Lacan que «el síntoma es metáfora y el deseo metonimia» (Escritos): el sujeto es el efecto de una sustitución significante cuyo movimiento inaugura la metáfora y cuya consecuencia lógica es la metonimia.
Lacan definirá entonces la metáfora como sigue: «Es la implantación en una cadena significante de un otro significante, por lo cual aquel que él suplanta cae al rango de significado y como significante latente perpetúa allí el intervalo donde puede introducirse otra cadena significante» (Escritos). Se caracteriza literalmente por una sustitución significante, y destaca la idea fundamental de la supremacía del significante. Esto es coherente con las reflexiones freudianas sobre la condensación, salvo que en la condensación las ideas de los elementos latentes no están siempre y necesariamente ligadas entre sí. Pero se comprende que Lacan haya extendido la noción de metáfora, no sólo al funcionamiento de los procesos inconscientes, sino también a la articulación del sujeto hablante y sexuado con el campo inconsciente. Para ilustrar sus palabras, Lacan retomará, en Las psicosis, el análisis de un verso de un poema de Hugo en La Légende des siècles: «Su gavilla no era avara ni rencorosa». La metáfora reside en «su gavilla», que reemplaza al significante «Booz», el cual ha caído al rango de significado.
Como significante latente, el nombre propio Booz «perpetúa el intervalo» introducido en la cadena significante por el juego de la sustitución. En este intervalo, Booz puede ser religado a otra cadena significante, «aquí tanto más eficaz para realizar la significación de la paternidad cuanto que ella reproduce el acontecimiento mítico con el que Freud reconstruyó el encaminamiento del misterio paterno en el inconsciente de todo hombre» (Escritos). Este ejemplo señala que toda significación se engendra en el significante: ésa es la «paternidad» de la significación. Si una palabra funciona para otra, lo hace porque el sujeto mismo está implicado en la metáfora, y en ningún caso podrá hacer de su nombre propio un decir. La metáfora condensa en sí la función misma del sujeto en su lucha con las palabras: a él le corresponde inventarles sus letras.

Así se presenta entonces la trama del pensamiento inconsciente cuyo sujeto es sujeto del deseo en tanto que castrado. La metáfora no es simplemente un tropo «que desvía una palabra o una expresión de su sentido propio», sino que, con respecto a la metáfora paterna que articula el inconsciente según cuatro términos, ella aparece como una figura esencial según la cual es el inconsciente el que se da como pensamiento.

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